viernes, 17 de julio de 2020

El ILSE: una institución centenaria, hoy

A raíz de la fuerte polémica (?) que se generó en las redes sociales por el comentario de Juan Grabois sobre la ex rectora del ILSE (ver enlace), me pareció oportuno desempolvar del archivo un texto escrito en diciembre de 2009. ¿Habrá más material al respecto?

En la ciudad de Buenos Aires existen dos escuelas medias de la UBA –el Colegio Nacional de Buenos Aires y la Escuela Superior de Comercio Carlos Pellegrini- y una escuela medio de la UBA: el Instituto Libre de Segunda Enseñanza.

El hecho de ser una institución arancelada que funciona dentro del marco de la Universidad de Buenos Aires no es el único elemento contradictorio que caracteriza a este centenaria escuela.

Consideremos, por caso, su ubicación. El ILSE ocupa el solar de la calle Libertad 555. Esto constituye un fragoroso oxímoron que, para ser subsanado, requeriría o bien un cambio en el nombre de la calle –para que el ILSE encuentre su dirección en Opresión 555- o bien el traslado del ILSE por una cuadra, hacia el lado de la avenida Córdoba, de forma tal que se emplace en la simbólicamente más conveniente altura de Libertad 666. Desde luego, ninguna de estas medidas sería del agrado de los vendedores de joyas y estéreos robados ni de los habitués del Teatro Colón, respectivamente.

 Más allá de la posibilidad de esta mudanza, puede notarse que muchos funcionarios del ILSE son, ciertamente, infernales. El Secretario, por ejemplo, ejerce su tarea desde una oficina subterránea -cercana al Averno- a la que no llegan beneficios tales como la luz del sol, el aire puro, la ley y la justicia.

El implacable Secretario del ILSE, empero, niega su pertenencia a las hordas de Mefistófeles y justifica el olor a azufre que se percibe en aquellas catacumbas argumentando que se trata de un perfume destinado a alejar el aroma proveniente de las cloacas. En efecto, cuando uno llega a las oficinas administrativas del ILSE encuentra dificultad en discernir dónde finaliza el campo de acción de la burocracia y dónde comienza el de los intestinos. La calidad del trabajo que en ambas esferas se realiza, de todas formas, no suele diferir casi en ningún caso.

 Pero el Secretario no es, claro está, el único funcionario llamativo del ILSE. La Rectora, por su parte, ostenta su investidura con una omnipresencia cercana a la de Dios y con una rigidez sólo comparable a la de Mandinga.

Señalemos como ejemplo el caso de Atilio Benavídez, desafortunado empleado de maestranza que fue desterrado del ILSE tras recibir el encargo de grabar el nombre de la Rectora en la placa de metal que está frente a la puerta de su oficina. El desgraciado sujeto calculó mal el tamaño de la tipografía, de manera tal que sólo alcanzó el espacio para escribir una interrumpida pero elocuente etiqueta: Rectora Licenciada Vil.

 Muchos incautos y desagradecidos han criticado la “mano de hierro” con la que la Licenciada conduce desde hace lustros esta institución. La Rectora misma, en su grandeza, ha tenido recientemente la delicadeza de refutar de lleno esta injusta caracterización, demostrando –mediante un en apariencia involuntario resbalón que le produjo una fractura- que ella no tiene ninguna mano de hierro.

Una muestra de la flexibilidad con la que –precisamente-  se maneja la Licenciada lo constituye el hecho de que, a raíz de este accidente, no pudo utilizar durante un tiempo su mano diestra, razón por la cual debió aprender a firmar cartas, resoluciones y documentos con su mano izquierda. Los incautos y desagradecidos aprovecharon la ocasión para asignarle irónicos motes tales como “la zurdita” o “la siniestra”.

 De cualquier manera, no debemos hacer caso a estas miradas tendenciosas. Quien se ha reunido con la Rectora, quien la ha escuchado y quien la ha tratado, sospecha que, antes que “mano de hierro”, la Licenciada parece tener “cara de piedra”. Muchos han explicado mediante esta aparente característica el hecho de que a la Rectora no se le caiga la cara de vergüenza en las veces –escasas, innumerables- en las que incurre en salvajes contradicciones y arbitrariedades. Sin embargo, una vez más, son voces de incautos y desagradecidos las que tergiversan la realidad. A la Rectora no se le cae la cara de vergüenza no porque tenga “cara de piedra” sino porque su rostro se encuentra firmemente sujetado con toneladas de maquillaje.

En una ocasión, Patricia Petrovich -entonces secretaria de la Licenciada- insinuó que la gran cantidad de maquillaje que su empleadora utiliza contribuye a que viva en un mundo de apariencias, en un gran como si. La Rectora, que tuvo oportunidad de escuchar este malintencionado comentario accidentalmente –mediante micrófonos ocultos colocados en la sala de profesores-, señaló con altura una contradicción: “nada que ver; la gran cantidad de maquillaje que uso no me lleva al teatro y a la ficción sino que me acerca a  L’Oréal”.

 Seamos racionales: sólo una persona con un más que atinado sentido de la realidad puede mantenerse tantos años en una institución. Precisamente –y lamentablemente, pues las voces de incautos y desagradecidos se multiplican como ratas-, muchos han criticado con vehemencia la permanencia de la Rectora durante tantos años en su cargo. Hay, incluso, quienes aseguran que la Licenciada “está atornillada” a su sillón. Una vez más, se trata de comentarios tendenciosos: quien la conoce, sabe que la Rectora no está atornillada sino que, por el contrario, es a ella a quien le falta un tornillo.

Más allá de las chicanas propias de ámbitos como la peluquería o la ferretería, lo cierto es que, desde el punto de vista didáctico, la Rectora introdujo cambios más que significativos en el ILSE. Ávida lectora de Paulo Freire, la Licenciada llevó sus preceptos al extremo, transformando su liberadora “pedagogía del oprimido”  en una mucho más radical “pedagogía de la opresión”. Notable académica, la Rectora ha sabido reunir los conceptos más importantes de autores como Jean Piaget, Lev Vigotski, y Carl Rogers para, una vez al frente de una institución de excelencia como el ILSE, poder sí evitar llevarlos a la práctica y reemplazarlos por los lineamientos de Burrhus Skinner, Adam Smith y Pierre Nodoyuna.

 Continuando con las plumas ilustres, el célebre pedagogo y puericultor oriental Washington Fukuyama -de reciente visita por la Argentina- recorrió las instalaciones del colegio, conversó con alumnos y docentes y declaró: “la veldad, no complendo polque todos los que están aquí quielen Ilse”. Lo cierto es que, más allá de las particularidades que todas las personas poseen, en el ILSE reina un ambiente de comodidad y excelencia. Esto es así; aquel que tenga dudas, puede tranquilamente acercarse al ILSE y verificarlo personalmente, por sus propios medios, con objetividad, sin pensamientos dirigidos... solicitando una entrevista con la Rectora.

Para finalizar, mencionemos una última cuestión. Todavía hoy muchos se preguntan si el ILSE es un colegio privado. La respuesta es relativa: si con “privado” nos referimos a “institución que maneja su presupuesto de manera autónoma, proviniendo éste de aportes, aranceles y/o subsidios”, la respuesta es ; ahora bien, si con “privado” nos referimos a “privado de libertad, buen juicio, racionalidad y respeto por la dignidad humana” la respuesta es, en cambio, también.

En conclusión: colegio centenario, cuna de ilustres, el ILSE se erige hoy como una institución coherente con cada uno de sus aspectos (prácticamente). Estamos hoy en día, en efecto, según parece, frente a un Instituto de Enseñanza cada vez menos Libre y cada vez más de Segunda.